Botas de invierno: Modo de empleo (1ra parte)

Categoría Estilo de vida en la Ciudad de Québec Fecha 23/03/2014

Escrito porMartha Panganiva

“¿Pero qué vas a hacer allá? ¡Te vas a congelar!”

Irremediablemente, esas eran las palabras que escuchaba cuando anunciaba que me iba a vivir a Canadá.

“Claro que no. Me voy a comprar un muy buen abrigo y unas botas especiales para el frío cuando llegue. ¿Cómo crees tú que le hacen todos los canadienses?”

Ingenuamente, era lo que contestaba. Y lo peor de todo, es que muy (realmente muy) ingenuamente pensaba que el invierno quebequense se limitaba solo a eso.

1ero de septiembre

Salida: Ciudad Juárez, Chihuahua; México. 38°C. Percepción: Calor endemoniado)

Llegada: Quebec, Canadá. 17°C. Percepción: Muy agradable (con chamarra y botines claro).

Impresión: No entiendo como la gente puede estar en los balcones o los jardines tomando el sol en shorts.

Octubre

Temperatura: 5°C. Percepción: Frío.

Aun no compro mi abrigo especializado canadiense ni mis botas. Esperando a que el invierno llegue de lleno para no agotar los recursos antes de tiempo.

1era semana de noviembre

Temperatura: alrededor de los 0°C. Percepción: Muy frío.

Viento: helado (comienzo a darme cuenta de lo cerca que estamos del Polo Norte).

Impresión: Forrada; las capas de ropa bajo la chamarra siguen en aumento. Pies: mismas condiciones.

Tomada completamente por sorpresa por la 1era nevada ¿Qué el invierno no comienza hasta el 21 de diciembre? Corro a equiparme al centro comercial. Después de recorrer varias zapaterías salgo con unas super botas con forro de lana de borrego (auténtica por supuesto) y no sé cuantas capas aislantes en la suela. El abrigo ni se diga: ligero y con un interior que imita la protección térmica de los osos polares. Todo respaldado por los vendedores y por las etiquetas de los productos que garantizan una protección máxima en temperaturas de hasta menos 30°C. Regreso a casa: triunfal (la tecnología vs el invierno). Costo del uso de la tecnología: – $ 700 (dólares). Uso de chamarra mexicana: en cuenta regresiva.

Finales de diciembre

Temperatura: Entre puros números negativos. Percepción: cercanía del Polo Norte confirmada.

8 am: No me explico porque no arrancó el coche hoy. Amablemente el conserje me ofrece su ayuda. Mientras revisa el auto, comienzo a sentir una extraña sensación (o más precisamente falta de sensación) en la cara. Casi no puedo hablar y los pies se me entumecen rápidamente. Pienso fugazmente en las capas aislantes y me pregunto en qué momento van a comenzar a funcionar. El conserje parece percibir todos mis síntomas y me envía al interior del departamento. Unos minutos después me informa que hay que conectar el calentón del motor y me recuerda que debo proceder así cada vez que anuncien temperaturas menores a 20°C. “Por cierto, ¿No vio en el canal meteorológico que amaneceríamos a -30°C?” Pregunta antes de partir. “Ah y recuerde ponerle las llantas de invierno al auto.” Agrega al cerrar la puerta.

Propósitos inmediatos: Investigar ubicación y funcionamiento del desconocido calentón. Contratar urgentemente el susodicho canal y comprar mencionadas y también desconocidas, hasta ahora, llantas de invierno.

10 am: En el centro comercial

Impresión: Eficacia de las capas aislantes comprobada. Apenas tengo unos minutos caminando dentro del centro que las famosas capas comienzan a funcionar. Siento como si mis pies estuvieran conectados a un calentador. Misma sensación en el resto del cuerpo. Trato de concentrarme en mis compras. La chamarra, el suéter, los guantes, la bufanda y el gorro que me quité al entrar y que ahora traigo cargando en los brazos limitan el uso de esta parte esencial del cuerpo para ir de compras. Extrañamente, el resto de los clientes tiene las manos desocupadas…

No soporto más el calor (increíble para mí pronunciar esa frase ). A mi alrededor, la gente no parece estar padeciendo de las alzas de temperatura. Me digo que seguramente ya están acostumbrados a la elevada calefacción. Para mí, sin embargo, es imposible ignorar que estamos en invierno. ¿Cómo hacerlo con tanta ropa puesta y cargada y con los pies empapados de tanto sudar gracias a mis maravillosas botas canadienses? Me apresuro a terminar. Al salir (con un guante menos), percibo que las capas ya no funcionan tan eficazmente. Se me hielan los pies en un abrir y cerrar de ojos.

Propósitos urgentes: Verificar en etiquetas de botas si existe algún modo de empleo particular.

Enero

Temperatura: ¿Existe algún calificativo para describir la sensación de estar a menos 40 grados centígrados bajo cero?

Lo que empezó como una hermosa blanca navidad se ha convertido en una de mis más negras estaciones. La primera vez que salí a quitar la nieve del balcón, me quedé encerrada afuera. Después de varios gritos desesperados a no sé quien (ya que con estas temperaturas la vida en la calle es casi inexistente), un alma caritativa fue a llamar al conserje (que milagrosamente estaba en su departamento), él cual fue a abrirme la puerta con una mirada atónita (al parecer soy la primera inquilina a la que le sucede este extraño suceso).

Febrero

Temperatura: Sin mejoría alguna.

Esos -20 tantos bajo cero (y no les he mencionado, para no incrementar su miedo, que además existe un factor viento, que empeora la sensación térmica aún más), ya me tienen haaaartaaaa. ¿De qué sirve pagar por un canal que siempre te dice que está haciendo un frío espantoso? ¡Ni que estuviéramos hibernando para no darnos cuenta! Además para acabar de deprimirte, se dan el lujo de presentarte las temperaturas en las otras partes del mundo (léase México, Cuba, Costa Rica y anexos). Deberían censuran tales informaciones por el bienestar de la salud mental de la sociedad. Además, sigo sin resolver el misterio del funcionamiento de mis súper botas y mi súper chamarra. En resumen: ¡¡¡¡¡¡¡SIGO CONGELÁNDOME!!!!!!!

Propósitos inmediatos: Cancelar mi suscripción al mentado canal de temperatura y cruzar un par de palabras con mis vendedores de súper artículos invernales…

Consuelo: !La primavera está por llegar!